La distopía nuestra de cada día

unnamed“(…) Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno. Las fuerzas del orden norteafricanas dispararían contra los occidentales sin piedad, les gritarían: vete a tu casa, déjanos en paz, no queremos tu enfermedad, tu miseria, tu necesidad. Si los guionistas quisieran extremar la crueldad, permitirían que algunos europeos, guiados por las mafias extorsionadoras, alcanzaran destinos africanos, y allí los encerrarían en cuarentenas inhóspitas, donde serían despojados de sus pertenencias, de sus afectos, de su dignidad.”

David Trueba

[publicado en El País, el 10 de marzo de 2019]

Coronavirus day

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Hoy petó todo. Y entre reuniones de empresa que parecen consejos de ministros, cierres de escuela, crisis familiares y demás… hay tiempo para reflexionar con una mirada un tanto diferente. Iba a compartir hoy los dibujos del Gringo Lucho sobre Una Aventura Centroamericana, pero debido al cambio radical, pongo algunos dibus de la serie Coronavirus Day. Obra y gracia de Luis Felipe Comendador. Quién le abrazara ahora.

La personalidad y el poema

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“Hay diferentes grados de personalidad en diferentes poemas. Algunos de ellos parecen muy lejos de mí y algo de cerca, y los emergentes allegados generalmente no dicen lo que quiero que digan. Y eso es cierto de la persona en el poema que está lamentando esto como un hecho de una determinada etapa de la vida. Pero también es cierto que soy yo.”

Anne Carson

Mujeres

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No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con unos maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón ,enferman y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.

Manuel Vilas

Un día benevolente

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[no ha quedado nada del dolor. Nadie sabe a dónde llegué, nadie me pregunta qué siente mi mano izquierda: si tengo cosquillas o si bien, cuando caigo, pongo el codo. Suelo ser menos que un terror de azúcar…]

Parto de la base en que, las sábanas un sábado pesan más de lo normal. Hay motivos de peso para levantarse -café, ducha, tren. Sin más- y yo los encuentro en un mediodía con M. Y con E. También, otra M. de pasada -dos sillas de madera delante mía- toma notas en la librería a todo lo que dicen Esther y Pilar. Esther se acuerda de mi lapsus de un frío mediodía en Plasencia (creo que le hace gracia la anécdota: yo, tierra trágame), a M. la pierdo de vista pero es feliz entre los reencuentros. M. es generosa: nos dedica una de sus creaciones y dos libros todavía sin firmar. Pienso en los reencuentros y en la nueva costumbre de pedir las dedicatorias en plural. Antonio me saluda, aprieto la mano y lo comenta. No queda nada más que vino blanco seco. Bueno sí: dos libros, de Lola Nieto y Concha García y una revista. Y un bocadillo seco masticado en el tren, marinado con jarabe antes de llegar a casa. Después, la migraña.

Afirmo que soy

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Afirmo que la puta es mi madre
y que la puta es mi hermana
y que la puta soy yo
y que todos mis hermanos son maricones.
No nos basta enunciar ni vocear
nuestras diferencias:
Soy mujer,
Soy lesbiana,
Soy india,
Soy madre,
Soy loca,
Soy puta,
Soy vieja,
Soy joven,
Soy discapacitada,
Soy blanca,
Soy moderna,
Soy pobre.

[entradilla de Lectura fácil (Anagrama, 2018) de Cristina Morales; extraída de Feminismo urgente. ¡A despatriarcar! de María Galindo]

Tuits y tweets

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Hace pocos días tuiteaba por la mañana: “hay poetas muchos mejores que yo, pero como yo, no hay ninguno” piensan humilde y orgullosamene la mayoría de los poetas. La cita / aforismo era del genio norteño Ramón Eder. También tuiteé un día que muchos creían ser Claudio Rodríguez con su primer poemario. Clavarla a la primera es una quimera, una probabilidad reservada solamente a unos pocos y los humanos no tenemos reservada esa suerte. Hace falta madurez y ser consciente del lugar qué ocupa cada uno.

Pero pensar así conlleva tener una madurez poco apta en los tiempos de las redes sociales, donde en principio “vale todo”.

Llevar la respuesta a una crítica -y ni eso- hacia el enfrentamiento personal es una pérdida de tiempo: a mí me gusta el navajeo… pero aprendí a utilizar bien la mariposa.

La tierra para quien la trabaja

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[campos dorados y silencio: el éxodo de las sombras. Otra vez crecer en la alternativa de la tierra ajena, sorda, inmóvil…]

La tierra para quien la trabaja
el tren de las oportunidades (sic.) -la nueva
ruleta de la fortuna

recuento de amigos en la ciudad:
quién cuida el trabajo

dónde estará la carretera
y cómo ocupar un lugar sin oírlo.

para Víctor Peña Dacosta
en su cumpleaños

Un poema de ‘El hombre de acero’, de Cristián Gómez Olivares

Cristián Gómez Olivares - Descontexto

[las cabeceras de inicio de las entradas valen para escribir un libro. Mientras caigo en la cuenta de que es simplemente otra manera de alargar una agonía que fenece cuando pongo el punto y dinal de cada texto que escribo…]

Salamanca. Convento de los Dominicos
Signos de exclamaciºon para el derecho de gentes.
Signos de exclamación para las flechas recolectadas
y las ocarinas y otros instrumentos usados por los indígenas,
signos de exclamación para recordar a los escritores
que se negaron a apoyar ese tipo de locuras
pero después se sumaron con fervor a la causa,
signos de exclamación cuando el café te lo sirven
en esas tazas que no deben pasar de las diez onzas
y la conversación gira en torno a los padecimientos
que tus colegas sufren ante los recortes y los despidos,
signos de exclamación para la comidad que te sirven en la mesa
y derramas sin querer sobre el mantel, signos de interrogación
cuando la feria del libro se termina y hay que decidir
dónde haremos la sobremesa, signos de interrogación
para conversar sobre alguna biografía todavía inacabada
y que dificilmente verá la luz si el idioma no logra atravesar
esa barrera que baja cuando está pasando el tren.

[poema extraído de El hombre de acero (pag. 18, Liliputienses, 2020) del poeta Cristián Gómez Olivares]

Egos y obligaciones (by Omar Pimienta)

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¿Es cierto eso de que “los premios para los poetas son un mal menor”?
Buena pregunta. Sí, creo que sí, porque hay mucho ego en la poesía. Creemos que nuestra obra es buena a pesar de que ganemos o perdamos los premios. Si en mi vida nadie me lee es porque estoy adelantado a mi tiempo, si no gano el concurso, es porque está arreglado, si gano, es porque los jurados son honestos y exelentes lectores, pero todo esto sucede al margen de la obra y creo que está bien. Creo que ese ego lleva a muchos a crear muy buena obra.

Su poesía está cargada de denuncia social. ¿No tiene la sensación de que precisamante la poesía es una forma de dulcificar las injusticias?
Buena pregunta, me lo cuestiono a diario. Me pregunto si lo que hago es una mera estetización del problema, pero entiendo que tengo pocas armas contra la injusticia y una de las que mejor manejo es la poesía. Siento que la tengo que utilizar. De mis formas de denuncia es la que imagino que llegará más lejos y durará más tiempo (de nuevo ese ego que me hace creer que alguién me leerá en 30 años), y si puedo sembrar en algún lector la indignación, aunque sea por mecanísmos estéticos, siento que es mi obligación hacerlo. Creo que por lo menos no me he quedado callado.

Omar Pimienta

[entrevista completa publicada en el Semanario Avuelapluma el 26 de octubre de 2016]