Barcelona, 1989

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[la Barcelona que leo, la ciudad que me hubiera gustado conocer: con sus riesgos, encantos, virtudes y las navajas saliendo al paso sin saber qué podría llegar de nuevo]

“(…) Sobre las arenas populistas de la playa de la Barceloneta tomaban el sol de septiembre cuerpos bronceados con la ayuda de la contaminación atmosférica. Por los ojos interiores de la memoria le pasaron dos imágenes desvaídas de su infancia en aquella playa, y estuvo a punto de enternecerse, pero el olor de aceite refreidor de cabezas de gambas descongeladas era mal agente conductor de la ternura por la propia memoria y en el espacio, a la espera de la prolongación que le haría ensartar la Villa Olímpica. A lo lejos, las casas derruidas para la construcción de la ciudad de los atletas fingían ser decorado de una película sobre el bombardeo de Dresde o de cualquier otra ciudad suficientemente bombardeada. Aquella nueva ciudad ya casi no sería la suya, encerrada en una coordenada elemental que no tenía más norte que el Tibidabo, ni más sur que el mar y la Barceloneta. El taxi le dejó en las Ramblas , a los pies del monumento a Pitarra, en la plaza del Arc del Teatre. Las jóvenes putas disfrazadas de putas jovencísimas permanecían alineadas en la acera del Amaya y del palacio Marc dedicado a la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya. Enfrente, la iglesia de Santa Mónica evidenciaba la cirugía estética que la convertiría en Museo de Arte Contemporáneo de Cataluña, y a sus espaldas, la piqueta se cernía sobre el barrio del Raval para abrir caminos por los que se fueran los malos olores de la droga y el sida., la inmigración magrebí y negra. Mientras haya putas jóvenes, habrá arte contemporáneo, se dijo, y fue para él la prueba de que había alcanzado el grado deseado de surrealismo etílico (…)”.

El delantero centro fue asesinado al atardecer
Manuel Vázquez Montalbán

El punto y final

29 de enero D

De jóvenes nos delatan nuestra aficiones y de mayor, las costumbres. A los ocho años en el ultramarino cuando entrábamos en la sección de especias y condimentos, imaginaba estar en un zoco. Vivía fabulando cual mercader, observando las coloridas latas de pimentón, las cajitas de azafrán, las bolsitas de hierbas provenzales que poblaban el mostrador, al lado de la guillotina de cortar el bacalao. Mi vuelta al mundo particular caía a plomo cuando veía que mi madre pedía dos sopas de sobre para llevar, esfumando cualquier posibilidad de nuevos aromas, sabores. A los veintipocos, en una brasería en los confines de la ciudad donde dábamos cuenta de espetadas, entrañas, secretos, abanicos, costillas y cerveza recuperando fuerzas tras trabajar en el campo: los, calabacines y melones, las sandías y los tomates de rama que nutren postres, gazpachos y ensaladas no se recogen solos. Comíamos aquellas noches como vivíamos por las mañanas: con avidez y el deseo de acabar, con un horizonte de playa en septiembre, discutiendo si iríamos a Benidorm o Islantilla mientras apurábamos un café con hielo. Discusiones que quedaban en nada, eran breves como el susto de canela del arroz con leche que comíamos de postre. De mayor en mi Seat Málaga practico el ajuste de cuentas, el balance de beneficios y debes. desequilibrado por el montón de pagarés residentes en el asiento derecho, al lado del teléfono del teléfono del trabajo de Charo, impreso en una caja de cerillas. Conduzco por la carretera que me lleva a la Siberia con Rosa Morena a todo trapo. En la guantera llevo todavía el revólver cargado -lo que pude haber sido y no quise-. El codo izquierdo saliendo por la ventana. La camisa abierta, el paquete de Ducados en su bolsillo. En el horizonte, peinando una loma, el toro de Osborne vigilante: nunca ha visto más mundo que los automóviles y motocicletas que lo vadeaban. En algo nos parecemos, digo yo. No existe otro lugar que refleje lo que he sido pueda ser el mejor final de mi viaje.

La distopía nuestra de cada día

unnamed“(…) Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno. Las fuerzas del orden norteafricanas dispararían contra los occidentales sin piedad, les gritarían: vete a tu casa, déjanos en paz, no queremos tu enfermedad, tu miseria, tu necesidad. Si los guionistas quisieran extremar la crueldad, permitirían que algunos europeos, guiados por las mafias extorsionadoras, alcanzaran destinos africanos, y allí los encerrarían en cuarentenas inhóspitas, donde serían despojados de sus pertenencias, de sus afectos, de su dignidad.”

David Trueba

[publicado en El País, el 10 de marzo de 2019]

Mujeres

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No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con unos maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón ,enferman y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.

Manuel Vilas

Afirmo que soy

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Afirmo que la puta es mi madre
y que la puta es mi hermana
y que la puta soy yo
y que todos mis hermanos son maricones.
No nos basta enunciar ni vocear
nuestras diferencias:
Soy mujer,
Soy lesbiana,
Soy india,
Soy madre,
Soy loca,
Soy puta,
Soy vieja,
Soy joven,
Soy discapacitada,
Soy blanca,
Soy moderna,
Soy pobre.

[entradilla de Lectura fácil (Anagrama, 2018) de Cristina Morales; extraída de Feminismo urgente. ¡A despatriarcar! de María Galindo]

Egos y obligaciones (by Omar Pimienta)

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¿Es cierto eso de que “los premios para los poetas son un mal menor”?
Buena pregunta. Sí, creo que sí, porque hay mucho ego en la poesía. Creemos que nuestra obra es buena a pesar de que ganemos o perdamos los premios. Si en mi vida nadie me lee es porque estoy adelantado a mi tiempo, si no gano el concurso, es porque está arreglado, si gano, es porque los jurados son honestos y exelentes lectores, pero todo esto sucede al margen de la obra y creo que está bien. Creo que ese ego lleva a muchos a crear muy buena obra.

Su poesía está cargada de denuncia social. ¿No tiene la sensación de que precisamante la poesía es una forma de dulcificar las injusticias?
Buena pregunta, me lo cuestiono a diario. Me pregunto si lo que hago es una mera estetización del problema, pero entiendo que tengo pocas armas contra la injusticia y una de las que mejor manejo es la poesía. Siento que la tengo que utilizar. De mis formas de denuncia es la que imagino que llegará más lejos y durará más tiempo (de nuevo ese ego que me hace creer que alguién me leerá en 30 años), y si puedo sembrar en algún lector la indignación, aunque sea por mecanísmos estéticos, siento que es mi obligación hacerlo. Creo que por lo menos no me he quedado callado.

Omar Pimienta

[entrevista completa publicada en el Semanario Avuelapluma el 26 de octubre de 2016]

No fallar al hijo

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“(…) Salgo de las librerías con colecciones completas de Corto Maltés, de Astérix, de Tintín, que permanecerán un tiempo largo empaquetadas, hasta que él pueda hacer sus primeros descubrimientos como lector. Me preparo para sus preguntas, me esfuerzo por ser mejor, excelente, por si acaso en el futuro le da por tomarme como ejemplo. Encima se me parece muchísimo, por lo que veo en él un yo sin estropear, con todas las posibilidades intactas, que me ha prolongado el ciclo vital como si mi resurrección ya hubiera ocurrido. Siento admiración anticipada por el espectáculo que será su juventud, por los mínimos esbozos de personalidad que me permiten intuir en él a un tipo que vivirá con gozo y al que ya tengo ganas de contarle cuánto hermoso le aguarda. Que salga a vivir algún día, sabiendo que cualquier rescate estará a tan sólo una llamada de teléfono. Que sea un hombre con códigos del que nadie pueda decir que falló como amigo. Ya iremos viendo todo eso. Ya lo iremos hablando. Lo que pido es tiempo para acompañarle al menos un trecho largo de su camino vital, como espectador y como cómplice. Porque, de todas las sensaciones nuevas que me ha inoculado Luca, la pero es la hipocondría. Por primera vez en mi vida temo morir. Me siento obligado a permanecer aquí al menos 25 años, los que él pueda necesitarme, y en eso no quiero fallarle. Mi hijo no ha de ser lo que yo fui: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Voy a dejar de fumar.”

David Gistau

Passarinho

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[Paji, Pacûs…] También de negro, como su primo, no suele hacer ascos a ninguna compañía, aunque como buen sibarita tiene sus preferencias en el sexo femenino. Siempre que nos cruzamos tiende a tensar la situación bien huyendo de mis pasos cual centella, bien mirándome con aquella fingida indiferencia de quien comparte espacio con un desconocido y tiene que comportarse de buenas maneras. Ha crecido desde la ternura y eso provoca que tenga más vidas que las siete iniciales: a ciencia cierta nadie sabe cuántas vidas tienen por gastar ni cuántas han conseguido a lo largo de su vida. Vive entre saltos y brinquedos, con una dieta frugal y carente de despropósitos alimenticios que destruyan su potencial inmunológico -todo un prodigio de biología veterinaria-. Continuar leyendo “Passarinho”

De Lobo Antunes a Eugénio de Andrade

Bom dia, Eugénio

Cocteau decía que hay hombres de corazón de diamante que apenas reaccionan al fuego y otros diamantes y descuidan el resto. Junto con estas vocaciones raras de zarza ardiente, me gustaría sentirme en familia, o eso es equivalente a explicar que siempre estoy allí. No quiero quejarme: de hecho solo vivo para navegar, instintivamente en la 1574842602_688159_1574842846_miniatura_normaldirección correcta, fingir que estabas lejos -Azores, Woods y el vacío de las olas, Wolfram Schütte, Marisa Blanco, Eugénio de Andrade, volcanes, fraternos de ternura, refugios de piedra blanda en los que preocuparse por la inquietud de la fiebre, personas que nos reconcilian con un alma que no es el alma de Scott que escribía, durante horas en la mañana. Y por Eugenio de Andrade, hoy hablo, un balcón perpetuo de basalto frente a la playa.

Lo llaman el amigo más cercano del sol: de acuerdo, si el sol es obstinado y severo. Lo llaman poeta: de acuerdo, si las palabras traen noticias de la vehemencia de la sangre. Lo llaman difícil: de acuerdo, si notas la infancia en la paloma de la sonrisa que de vez en Continuar leyendo “De Lobo Antunes a Eugénio de Andrade”

A la sombra de Mário

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“(…) En asuntos de fechas mi memoria es mucho peor que la de Gaspar Simões: él las cita, aunque todas mal. pero yo ni eso. Una vez, en un momento en que Mário Sosares estaba de capa caída, declaré a la revista Cambio 16 -que hizo entonces entre nosotros una encuesta sobre las elecciones a la presidencia de la República- que votaría por él para ver si el país dejaba de ser tan triste. Mário Soares ganó las elecciones por los pelos, con los votos -difíciles de tragar, por ambas partes- de los comunistas. Fue la única vez que hice público mi voto, y no me arrepentí: algunos días después, sus respuestas a una entrevista del Expresso a la que no respondió el otro candidato, seguramente por lo “delicado” de algunas preguntas (aborto, homosexualidad, etcétera) mostraron bien a las claras el carácter y la franqueza intelectual del futuro presidente. Tras su elección, cené con él en su primera visita oficial a Oporto, y volví a encontrarlo en la Real Companhia Velha con los reyes de Suecia. Aquél fue un encuentro hermoso: desfilaba con la reina entre alas de invitados y al pasar junto a mí me clavó un dedo en la cintura y, después de de sentarse en el trono imperial, me guiñó el ojo como diciendo: ¿Alguna vez pensaste, cuando andabas en Lisboa con tus papeles, que me verías entronizado junto a la reina de Suecia? Le sonreí largamente, diciéndole que sí, que justo en aquel tiempo era cuando tenía el aire soberbio de quien llegaría a ser Mário Alberto, rey de Portugal y de los Algarves. Y que tuvieses paciencia si el título era así de corto: el imperio había ido destruyéndose y, la verdad, sin dejar mucha nostalgia de lo que había sido (…).

[fragmento (p.76-77) extraído de A la sombra de la memoria  (Pre-Textos, 2006) traducción de A cidade Garret. A sombra da memoria (2005), volumen recopilatorio de la obra en prosa de Eugénio de Andrade (Póvoa de Atalai, 1923 – Oporto, 2005) realizada por Martín López-Vega (Poo de Llanes, 1975 – act.)]