5A – Senhor Medina

RuaDaPrata

Puede parecer un poco osado a mil kilómetros de su ciudad, de donde usted capea, sea buena idea hablarle. Pero como sabio de la teoría científica de la que usted que es fiel y arraigado a los postulados económicos no le cuesta asociar su lema electoral con ésta entrada: Lisboa precisa de todos. Entienda usted que asuma la llamada que incita su eslogan. También le advierto que de osado tengo un poco, por tanto no entienda mi artículo como una crítica sino más bien como una parte más del conglomerado de entradas que conforman aquí una sección. Hay cosas en las que uno no tiene mano directa para modificar: la autoestima, el cariño, el orgullo… no se puede medir de forma cuantitativa, pero sí cualitativa. Usted me entiende. Al odio, la sinrazón o la soberbia no se las puede mesurar a partir de datos, pero sí de sensaciones. Como economista -creo, perdone- usted sabe que a los números se les puede ofrecer el valor que uno quiera a nivel de interpretativo, aunque el método científico haga girar la dirección del argumento hacia una verdad refutable. Por ello yo no dudaré de bienestar económico de la ciudad ni su apogeo sociocultural y lúdico. Tampoco los índices y valores del mercado que puedan favorecer a su ciudad. Quiero ir un poco más allá…

Si Lisboa precisa de todos, precisa también del cuidado al ciudadano. Yo le perdonaré como enamorado de su ciudad (usted creo que ha nacido en Porto pero quiere a su ciudad como nadie. Si no, no sería el alcalde de Lisboa, quiero suponer) “destrozos” -llámeme romántico- como el de Terreiro do Paço o la masificación de algunos enclaves que hasta hace días estaban reservados para aquellos buscones o autóctonos. Usted sabe tan bien como que todas las soluciones o ideas tiene que ir desde el cariño y la empatía. Por eso podré entender obras interminables y polémicas tediosas, pero nunca que todas las medidas afecten al ánimo general de los ciudadanos: pese a que la afición a la polémica fluye en las venas del portugués también borbotonea en ellas la bipolaridad de los estados de ánimo de todos ellos. Disculparé y obviaré cualquier falta que no implique un atentado a las instituciones -ya sabe, corrupción: aquí en España está carcomando el sistema- o derrumbe el ánimo de los ciudadanos. Usted entiende.

Le adjunto un texto que un reconocido escritor catalán, Enrique Vila-Matas, dedicó a su ciudad. Sobre todo, cuídela.

“Lisboa hay que verla en el tiempo exacto de un sollozo. Verla toda entera con la primera luz del amanecer, por ejemplo. O verla bien completa con el último reflejo del sol sobre la Rua da Prata. Y después llorar. Porque uno, aunque sea la primera vez que la ve, tiene la impresión de haber vivido antes allí todo tipo de amores truncados, desenlaces violentos, ilusiones perdidas y suicidios ejemplares. Caminas por primera vez por las calles de Lisboa y, como le ocurriera al poeta Valente, sientes en cada esquina la memoria difusa de haberla ya doblado. ¿Cuándo? No sabemos. Pero ya habíamos estado aquí antes de haber venido nunca.”

El progreso

trenes-2

“Partí de Lisboa. Mi viaje a Madrid fue un verdadero suplicio digno de figurar entre los que las satánicas mentes de los inquisidores inventaron para martirizar a sus indefensas víctimas (…) Nadie piensa en aquellos pobres mortales que tienen el valor y la tenacidad necesaria para, en pleno mes de julio, atravesar en un cansino tren español la Extremadura española y La Mancha. ¡Ni tan siquiera un refrigerio! ¡En las estaciones ni agua y si la hubiere salobre y mala!”

Carteira d’um viajante: Apontamentos a lapis (1878)
Carlos Lobo d’Avila

“Heme aquí en una diligencia (…) He podido hacer el viaje en tren (…) pero el caso era meterse en una diligencia para luego quejarse de ella. ¡La prisa! ¡La calma! No hay dos palabras en las que se encierren conceptos más relativos (…) Dichoso el tiempo en el que los deseos eran lentos y cercanos. Quien tuviera su espíritu… y un buen automóvil”.

La diligencia (1907)
Julio Camba