Los primeros cien días

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Cien días en la jaula de cristal, sí. Afortunados somos quienes podemos teletrabajar desde casa previo cobro de la nula conciliación familiar y las preocupaciones permanentes. Cien días bastan para hacer balance de daños remediables -dejemos a las víctimas en la paz de sus queridos, que la mayoría bastante pan duro tendremos que tragar- que lamentablemente se han hecho irremediables gracias a la nula capacidad del estado de valorar la cultura, y la literatura, como algo de segunda. Porque la cultura es  en este país algo de tercera categoría: cuando vienen malas son la primera tela que hay que cortar y la última que se sutura cuando el viento sopla fuerte en las velas. En cien días han caído editoriales, festivales, encuentros, lecturas y demás actos relevantes al mundo del libro. A lo largo de cien días escritores han practicado -con acierto algunos, con burrería otros- producciones del confinamiento, diarios de guerrilla a modo de frente inmunológico capaces de producir anticuerpos y plaquetas o bien todo lo contrario. Porque hoy sale a la venta y Jordi Doce sabe, domina y enriquece, destaco La vida en suspenso (Fórcola), las cuales hemos podido seguir en las redes sociales las últimas semanas. Otros han tenido la suerte de leer y producir durante estos cien días -lo reconozco: he sido mal lector, peor escritor y agobiante trabajador-. Ha salido de imprenta Porque Olvido. Diario 2005 -2019 (ERE), una selección de artículos y entradas de Álvaro Valverde, uno de los máximos exponentes de la crítica y poesía extremeña y española actual (es así). Habrá que hincar el diente cuando llegue el momento: el verano es época de novela negra: Carvalhadas.

Durante cien días he sometido a la biblioteca al reciclaje de contenidos poéticos con la esperanza de mejorar, pero avanzar supone conocer y tratar no solo con excelentes lectores y buenos poetas: significa conocer a libreros que sean sensibles, que rebusquen, que sean dueños de una capacidad de ofrecer, recomendar y cuidar (tres verbos básicos) sin remilgos y con la sonrisa en la boca -aquí entra ya más el terreno personal-. Hace un mes me comunicaron el cierre de El Pájaro Azul. Pude hablar con Inma, si acaso hablar es el intercambio de algunos mensajes de textos telemáticos, y cada vez quiero entender más sobre libros, economía, mercado; y a la vez separarme más de cifras, fotos y mediocridad. No está la cosa para despachar alegremente los libros: participó una carrera de fondo y ha sido descalificada en la primera vuelta. A mí, ahora preocupado por bastantes cosas no me salva el “yo estuve allí” ni cualquier otra escrito, sinónimo de esquela, para suavizar el cierre. Ojalá tener a mano el vino, la copa, el morcón debidamente envuelto para celebrar los libros. No va a ser posible.

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